viernes, 7 de diciembre de 2012

Versos a mi infancia

Bermeja era la nariz de aquel rey.
Bermeja era la real napia,
de quien, sin derramar una gota,
bebía de bota en bota.

El rey de Francia está enfermo,
quién lo sanará.
Llamad al gallo Kiriko,
él lo salvará.
 

 
Cojines van y vienen.
Cojines de quita y pon,
para cabezas o pies quién los tiene.
Cojines tengo yo.

En la mecedora un sueño,
roto y lento un soneto.
En la mecedora yo escuchaba
la canción que me cantabas.

Mantas traigo para ti.
Los pies te voy a cubrir.
El frío yo te quitaré
con las mantas que traeré.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Carta de despedida de un joven español

A quien pueda interesar:

En el mismo instante de redactar estas letras que ahora se corren con la humedad de mis lágrimas sobre el papel, me llamaba como tengo a bien firmar abajo, tenía veinticinco años y me hubiera gustado decir que un negro futuro por delante; pero no puedo, ya no me queda nada.

He pasado mi vida arropado más o menos por una familia que me quería tanto como yo a ella, una familia comprensiva que siempre quiso para mí lo que yo para ella. Es justo que en este triste y duro momento me acuerde de la familia. Ahora entiendo aquello de que en los momentos difíciles siempre estarían conmigo.

No es menos justo que, ahora que vuelvo la vista atrás y repaso estos veinticinco años, me acuerde también de mis amigos, esas personas que nunca me han dejado pese a que el tiempo dejara a muchos atrás.

Como digo, atrás echo la mirada buscando un salvavidas que me auxilie en este mar al que se dirige el río de mi vida. Buenos recuerdos los tengo, y no son pocos, pero quedan lejanos. A este instante no llegan sino ecos, como leves pasos en un salón o susurros en la noche de la memoria. ¡Qué mal ha pasado el tiempo!

Mis mejores recuerdos, creo, son de la despreocupada infancia que viví ajena a los problemas que azotaban a mis mayores. De entonces vienen a mi mente, ahora aletargada por el miedo ante lo desconocido, los juegos y las risas de mis compañeros. Dios mío, pareciera como si estuvieran riendo ahora mismo a mi alrededor, pareciera como si, asegurándome que todo está bien y que no hay nada que temer, me invitaran a dar este paso que tanto temo en realidad. Sus risas son un canto desde el abismo, un canto dulce de sirena.

Fue poco después cuando empezaron a decirnos que nosotros éramos el futuro. Una idea fascinante para unos jóvenes, sin duda, la de ser quienes un día formáramos parte de una tierra rica y fuerte en la que vivir felices. Una idea absurda, ahora que lo pienso, porque aquellas bellas palabras no resultaron ser sino mentiras; un bonito discurso sobre un papel tan mojado como en el que ahora me desahogo. Me pregunto en qué preciso instante mostró la vida su rostro más fiero y me golpeó hasta que perdí toda esperanza.

Esperanza. Una hermosa palabra entre los labios de un joven que empezaba la Universidad. Cada vez estaba más cerca ese futuro, ya casi podía alcanzarse, sólo había que alargar un poco más el brazo y sería mío.

También de la Universidad guardo recuerdos que se resisten a dejarme marchar sin luchar un poco más. Atrás quedaron los compañeros y llegaron los amigos. Con ellos sí que viví lo mejor de mi vida, con ellos sí me sentí vencedor de la niebla del futuro; y aunque momentos malos recuerdos los hubo, recuerdo con emoción que mis amigos siempre estuvieron ahí, apoyándome tanto como yo a ellos para no vernos caer.

Pasó aquel tiempo y más traicionera se volvió la vida. Ya no puedo fiarme de nadie. Ya no me queda nada salvo recuerdos que se habrán ido, que habrán desaparecido de este mundo, como si jamás hubieran existido, para cuando alguien lea esto.

Nada ha salido como esperaba. A lo largo de mi vida siempre habían dicho que esto es normal, que la vida no es rosa y que pocos son los que alcanzan sus sueños; pero cuesta demasiado verse en esta situación después de todo lo pasado, después de todo lo vivido.

Sé que muchos me tacharán de egoísta y de cobarde por haber tomado esta decisión para cuya culminación no estoy seguro de estar preparado. Sé que no tengo problemas. Sé que un problema es una hipoteca, niños, el miedo a perder el trabajo. Lo mío, lo sé porque me lo han repetido hasta la saciedad, no son problemas. Yo no tengo hipoteca que pagar porque, después de tanto esfuerzo, no tengo un trabajo con el que pagarla ni con el que comer ni con el que tener niños ni…no, no tengo. Soy una carga para quienes dicen que me quieren. Soy un peso muerto a mis veinticinco años, veintiséis si hubiera aguantado un poco más. Soy una carga para todos. Soy una carga para la familia, que critica a los jóvenes que no trabajan; soy una carga para el Estado, que me dice que no tengo afán emprendedor; soy una carga para el banco, a quien no puedo darle ni un céntimo más. Soy una carga y hay que aligerar peso para que el barco no se hunda.
No quiero que estas letras se conviertan en un instrumento contra unos y otros. A fin de cuentas, a los políticos no les importa lo que pasa porque ellos ya se han salvado, no son más que como ese asqueroso capitán que abandonó el barco al ver que se hundía. A los banqueros no les importa porque cómo va a importarles la vida de alguien a quien no conocen y no representa para ellos más que un número en negro o en rojo. No, estas letras llegan demasiado tarde para ser instrumento contra nadie. Yo solo quiero dejar constancia de que existí, de que una vez estuve vivo y sentí y vi y oí y reí y lloré.

En fin, ya que inexorable se acerca mi final, quiero pedir perdón a quien me lea por mi mala escritura: no me quedan fuerzas para sostener la pluma, como no me quedan fuerzas ni para suspirar. También quiero pedir perdón a quienes dejo aquí con problemas que son más importantes que los que me arrastran a esta situación, y a quienes he querido siempre como ellos me han querido a mí. Quiero pedir perdón a quienes hice daño, intencionadamente o no, a lo largo de estos años. No espero el perdón de nadie, salvo de quien haya de juzgarme allí arriba, pero sí os pido clemencia para cuando yo no esté.
Estoy seguro de que volverán los buenos tiempos y las bellas palabras de futuro y esperanza cobrarán más fuerza y sentido que nunca. Estoy seguro de que la desesperanza que ahora atenaza a quienes viven como yo, ha de dar paso al poder de la voluntad de vivir. Estoy seguro de que seréis felices.
Recordad siempre que os quiso hasta su último suspiro,
X.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Cuentos del mundo: El soldado encantado

No se puede hablar de Granada y sus leyendas, sus edificios encantados y sus mágicos rincones sin hablar de "El soldado encantado"; un ejemplo del tipo de leyenda popular de una tierra que, aunque cristiana y europea, ha tenido siempre una fuerte relación con el mundo árabe, tan rico en tradiciones y cuentos, y los tesoros que aquí dejó cuando abandonó para siempre la España del siglo XV.

Narrado por un servidor, este cuento fue publicado a través del canal Globoviajero en Youtube y el blog "Por caminos y ciudades".

Aquí os lo dejo. Espero que lo disfrutéis...



miércoles, 14 de noviembre de 2012

Historias de la atalaya: La historia de los tres hermanos

A lo lejos, más allá del riachuelo de aguas frescas y cristalinas, en una zona de altas hierbas, de matorral seco y olor a pena, se recorta la silueta de una casa vieja, oscura, medio derrumbada.
No es fácil de ver, pero ya la habías encontrado en uno de tus largos paseos por el valle, ahora sólo tienes que localizarla. Ahí está.

Parece sacada de un cuento de terror: solitaria, medio caída e invadida por la maleza, parece una triste versión de la mansión de los espíritus de la que habías oído hablar. Lo que hoy cubre la maleza fue en su día un huerto, recuerdo de un lejano tiempo de alegría y bonanza.

Quieres saber su historia, pero aún no es el momento. Con el sol en su cénit, el momento de las historias no ha llegado, aún no se siente el dulce aroma de las flores, de los miles de claveles y geranios que adornan las calles de la blanca atalaya; aún azota con fuerza la tierra el ardor del astro rey, aún silencia los ánimos de quienes trabajan el valle. Pero la tarde llegará. Y con ella las sillas de mimbre al fresco, el rasguido de guitarras que llorarán a la luna y enfrentarán historias al silencio de la oscura noche sobre el valle y su atalaya, sobre la atalaya y su valle.
Y cuando la noche caiga, por aquella casa podrás preguntar. Mira, la tarde cayendo está...

Aquella casa maldita,
aquella casa criminal.
La historia de tres hermanos
a cada cual más rufián.
 
Esta es la historia de un padre,
de una familia perdida,
y una casa que no se ha volver a pisar.

El vino calienta la garganta de un anciano con más letras que recuerdos. Y recuerdos guarda más de mil. Una guitarra acompaña el canto hondo, profundo, revelador de una historia que te estremece el corazón.

Tres hermanos eran,
tres hijos trajo Dios.
Tres hermanos mueran,
a los tres tenga Dios.
 
Enfermó el padre en casa.
Veinte años atrás,
la madre va en la caja.
Tres hermanos codiciosos
se reparten los despojos.
 
La casa es mía, grita el mayor.
Y el huerto mío, va el menor.
Y el resto pide el mediano,
mas con ello no se conformó.
 
Murió el bueno del hortelano
y a sus tres hijos dejó.
Tres hijos como bestias,
a cada cual más traidor.
 
Pensándolo mejor yo digo,
se acerca el mediano al menor,
que de los tres sobra el mayor
para un reparto mejor.
 
Y fue en la acequia grande
donde el cuerpo amaneció
teñido de sangre el pobre
y con dos golpes de hoz.
 
Lloráronle los traidores,
lloráronle los dos.
Y al volver a casa descubrieron
que era poca para dos.
 
La casa es mía, digo yo.
El huerto es mío, hermano menor.
Y sonaron golpes de hoz:
uno al otro en el cuello,
el otro al uno en el corazón.
 
La luna sale roja,
de sangre tiene color.
En la casa los hermanos
yacen heridos los dos.
 
Y al salir el sol por las montañas,
al salir el sol redentor,
llevan a dos en una caja
compartiendo habitación.
 
Esa casa huele a muerte;
ese huerto, mucho más.
Esa casa de envidia
nadie la puede pisar.

Se hace tarde. Mañana quieres acercarte al norte del valle, donde nace el río. Bebes lo que aún queda del vino y te retiras. Las guitarras siguen sonando en el frío de nocturno del valle. En tu mente da vueltas la historia de aquella casa y de los hermanos envidiosos que asesinaron y murieron por ella.

Tal vez explorarla no sea una buena idea, no conviene molestar a quienes reposan allí. Entras en casa y antes de cerrar la puerta, echas un vistazo al oscuro valle. Los reflejos de la luna sobre las aguas del río, y más allá se distingue un montículo, los restos de una casa vieja que no se han de volver a pisar.

Y al silencio reinante, sólo roto por el eco de la guitarra, susurras buenas noches. Y te marchas...

sábado, 10 de noviembre de 2012

Reescribiendo a Espronceda: La canción del pirata

 
 
Con diez cañones a babor
y otros tantos a estribor
como cuchillo no abre el vasto azul,
sino que sobre sus olas se eleva
un alado bajel pirata
temido aquí y allá
por su bravura en el ancho mar.
 
Platea en el mar la luna,
aúllan los vientos en la vela,
y capuza su casco el navío
en mar azul de blanca espuma.
Y el capitán al alzar su vista,
alegremente cantando,
ve dos continentes hermanos
y una ciudad de maravillas.
 
Surca el mar, mi navío,
sin temor alguno a enemigo,
que ni aquellos ni temporal
tu singladura pueden frenar
ni tu voluntad a amedrentar.
 
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad.
Mi ley la fuerza y el viento.
Mi única patria la mar.
 
 
Dos decenas de britanos
en las bodegas presos van,
y a mis pies ocho decenas más
de naciones se han rendido.
 
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad.
Mi ley la fuerza y el viento.
Mi única patria la mar.
 
Allá las ambiciosas coronas
envíen a sus vasallos a morir
por un par de acres, si no menos,
que cuanto yo quiero y poseo,
lo abarca mi vista al horizonte,
anárquico e indomable mar.
 
Costa no hay en esta tierra,
ni esplendoroso blasón o bandera,
que no de rienda a mi deseo
ni pecho a mi valor.
 
Al grito de terror
ante mi llegada aquí y allí,
se ha de ver cómo huyen
y aterrados se defienden,
pues soy un tirano de temer
cuando ataco con furia.
 
Cuando acaba la masacre
el botín se reparte
por igual entre los hombres,
que todo cuanto yo deseo
es la belleza del mar.
 
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad.
Mi ley la fuerza y el viento.
Mi única patria la mar.
 
Condenado a muerte estoy,
y rezo por la soga que siento al cuello
esperando que la fortuna no me deje y me abandone.
Y juro a mi ejecutor juzgar
y de un mástil colgar.
 
Mas si muero
¿qué importa?
Muerto yo nací
al mundo cuando, fiero,
contra el yugo me sacudí.
 
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad.
Mi ley la fuerza y el viento.
Mi única patria la mar.
 
Himnos son los aquilones,
bramidos y clamor
de los vientos que sacuden
cables y cordajes.
Y el rugido de mis cañones
es el sonido de Dios.
 
Y del trueno, el viento y olor
a mar, salitre y libertad,
yo hago una nana dulce
y me entrego a los brazos del mar.
 
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad.
Mi ley la fuerza y el viento.
Mi única patria la mar.


 

martes, 6 de noviembre de 2012

Jardines y patios de Andalucía

Jardines. Jardines y patios de Andalucía. Floridas estampas de una tierra verde y seca, blanca, bajo el sol ardiente de España.

Geranios y claveles compiten por conquistarte, por colorear la blancura de tus paredes. Frescos y blancos jardines y patios de Andalucía. Desde Huelva a Almería dais muestra de la delicadeza de las gentes de esta tierra bendita, y en los meses de estío sois reclamo de naturales y foráneos, que ven en vosotros el Paraíso mismo.

Ya los impresionantes cordobeses, sin que atrás queden los sevillanos, hacen réplica a los cármenes y a la sombra de los granados.
Fuentes de agua fresca y cristalina que arrullan con sus rumores el alma fatigada, y embriagan con los sonidos del agua los sentidos de quienes, cansados y hastiados, buscan la paz que les niega una tierra descontenta.

Ya suben al asalto las hiedras, que todo lo cubren y quiebran, y ocultan bajo el verde de sus hojas el blanco de nuestra bandera. La vida se expande bella en los jardines y patios balncos de Andalucía.

Y como cantara otrora un poeta que en esta tierra descansa, de celosías y manises, de fina mampostería, se decoran los jardines. Arte y cerámica de esta tierra grande, verde y blanca, donde reinan los desiertos junto a sierras nevadas, y donde los valles y deltas tienen las peñas quebradas.



En el Palacio de los Cordova (Granada),
17/7/12.

sábado, 1 de septiembre de 2012

A las moscas


A vosotras, las familiares,
a vosotras el poeta os cantó;
tras la siesta, al sosiego
de la tarde os inmortalizó.

Vosotras, moscas vulgares,
tuvisteis grande honor.
Pues de todos los andaluces
os cantó el mejor.

Ahora, aquí y en casa
no puedo con vosotras,
flechas torpes y erradas;
de cuantas criaturas hay,
las más pesadas.

Saltar y revolotear
es de vuestros juegos el mejor;
sobre sus pechos y mis espaldas,
cansados de vosotras los dos.

No errara el gran poeta
ni en sus formas ni palabras,
Dios me libre de juzgarlo.
Pero vosotras, ¡pobres diablos!

Saetas negras del día,
dardos cansinos de la tarde,
a cantaros quién osaría
y a soportaros quién osare.

Y pese a todo, voladoras,
sucias trepadoras,
tenéis un toque de gracia,
vosotras las aladas.

De vosotras me despido
y larga vida no os deseo
ni la buena fama ganada
a vosotras, negras saetas aladas.

 
 
 
 

lunes, 13 de agosto de 2012

Lourdes, mi Lourdes...

Esta historia apareció en el antiguo blog Literatura en Volendam y está basada en una conversación radiofónica real que tuvo lugar el día 20 de enero de 2010 a las 1:50 de la madrugada aproximadamente.

Ese día, a esa hora, tuve la suerte de escuchar la historia más bella con la que me he encontrado en mi vida, y que provocó en mí una de las emociones más fuertes que jamás he sentido, hasta el punto de necesitar plasmarla por escrito en aquel mismo momento.

Aunque es una adaptación, los datos que aquí se dan son totalmente reales; sólo los nombres no lo son por respeto a la memoria y la dignidad de sus protagonistas. He tratado de expresar lo mejor que sé los sentimientos y emociones que desprendía aquella voz desesperada y nostálgica.

Desde aquí, y antes de presentar el texto, quiero mandar todo mi afecto al protagonista de esta historia y a su esposa, que en paz descanse.


“Recuerdo cuando conocí a mi esposa, Lourdes. Fue en el baile del pueblo, la noche brillaba plagada de estrellas, y el aire era más fresco que de costumbre.
Era una mujer espléndida. Desde el mismo momento en el que la vi, supe que estaba locamente enamorado.
Era esbelta, de 1’75 m., sus ojos se te clavaban como la luz de dos luceros en el alba, sus labios eran un paraíso en la tierra, y todo su cuerpo era la gloria de Dios encarnada. Ella tenía diecisiete años cuando la conocí, yo contaba veintiuno.

- ¡Anda, valiente!- me dijo uno de mis amigos- ¿A que no eres capaz de sacarla a bailar?
Y así como empezó todo, con una apuesta. Tenía miedo. Pensaba que ni siquiera me miraría, que alguien como ella no podría nunca fijarse en mí…era una diosa.
Pero lo hice, la saqué a bailar. Ella aceptó risueña mi mano, y ese mismo día supe que mi corazón sería siempre suyo; y su corazón, eternamente mío.

Cuatro años después, tras un feliz noviazgo en el que no faltaron las caricias y los besos furtivos, y las miradas de amor en las que nuestras almas se entrelazaban en un baile de mil maravillas, decidimos casarnos.

Ella caminaba hacia el altar, tan hermosa como siempre, y yo no podía creerme todavía la suerte que tenía porque Dios me había dado su obra más perfecta. La mujer más bella, inteligente y buena del mundo, iba a convertirse en mi esposa…iba a entregarse a mí como yo lo haría a ella.

Vivimos una vida plena, cada momento de la misma era la felicidad más pura. Nada podía vencernos, éramos los seres más felices del universo.
Al cabo del tiempo nació nuestro primer hijo, que a día de hoy tiene cincuenta años; después llegó nuestra hija, cuatro años menor; y finalmente, nuestro benjamín, que hoy ronda los cuarenta.

Educamos a nuestros hijos lo mejor que supimos. Nunca les faltó de nada, y nuestra familia creció en torno al amor y el fuego del hogar.
Cuando nuestros pequeños dejaron de serlo, Lourdes y yo nos encontramos solos; pero nos teníamos, como siempre, el uno al otro. Nada nos faltaba tampoco entonces.

Viajábamos mucho. Nos encantaba viajar. Recorrimos toda la geografía española, de norte a sur, de este a oeste. También visitamos otros países, los dos juntos…siempre juntos.
Recuerdo cómo nos gustaba ir a la costa, y ver el mar mientras comíamos, e imaginábamos la vida de los bañistas mientras vivíamos las nuestras, nuestra historia juntos.

Nuestra piel se arrugaba, nuestro pelo perdía el color de antaño, nuestras miradas se hundían poco a poco en el mar del tiempo, y nuestros corazones latían con menos fuerza; pero no parecía importar nada de eso porque estábamos el uno con el otro, apoyándonos mutuamente en todo momento…siempre juntos.

- Ponme de lo mejor- decía ella al tendero- que es para mi hombre.

Y yo siempre pensaba en mi mujer. La única persona que siempre ha estado a mi lado, que siempre me ha comprendido y a quien mejor he sabido comprender…Lourdes, mi mujer.

Hoy tengo ochenta y seis años. Hace ya seis que mi Lourdes me dejó para siempre; hace seis años que Dios me quitó la felicidad que me dio sesenta años antes, el mismo tiempo que estuvimos casados.

Ella se levantó y se acercó al espejo. Yo permanecí sentado… de repente, como si golpearan mi corazón, oí un golpe sordo y, al volverme, la vi tendida en el suelo… Lourdes.
Fuimos al hospital, donde la operaron de urgencia a causa de una hemorragia interna. Cuatro meses después, sin previo aviso, Dios decidió que era hora de arrancarme el corazón.

Aún hoy, por las noches, cuando está ya todo en calma, suelo extender el brazo hacia el lado de la cama donde ella solía acostarse. Ya no está; y a veces, en la oscuridad, cuando mis dedos no logran alcanzarla, yo la llamo, perdido entre las sombras y los recuerdos… ¡Lourdes, Lourdes!... y entonces sé que estaremos juntos siempre… eternamente enamorados.”



martes, 7 de agosto de 2012

El asesinato de la joven Anne (V): Kelly

Encantada de conocerlo, agente. Sí, yo soy Kelly Bouvière. Y no, ese no es mi verdadero nombre, pero no creo que eso tenga relación con el caso.

Pobre Anne. Me enteré de su muerte la misma madrugada en la que encontraron su cadáver flotando en el río. Todo el mundo hablaba de ello cuando llegué al pueblo desde la ciudad, donde trabajo en un local de alterne; pero supongo que ya lo sabrá, ¿no? Si está aquí es porque soy sospechosa de la muerte de mi amiga.

Recuerdo la noche que la pobrecilla llegó al albergue donde vivimos yo y Reynolds junto con los pocos desalmados que todavía se atreven a hospedarse aquí. Cuerpo menudo, ánimo fuerte, mirada cansada, un vestido veraniego de flores estampadas y más que desgastado por el uso, un par de maletas viejas, y ningún lugar al que ir.
Era muy joven. Tenía 20 años. Hubiera cumplido 21 en noviembre si algún canalla no se la hubiera llevado por delante. Era una chica muy dulce. Me recordó a mí misma cuando llegué aquí una fría y lluviosa noche de enero, hace ya ocho años.

Nos hicimos amigas bastante rápido; en tan solo un par de semanas ya éramos como hermanas. Supongo que Anne, que no tenía ya salvo a su primo Phillip, necesitaba de una mano amiga que le ofreciera un poco de ayuda. Y me alivia pensar que acudió a mí antes que a ese desgraciado de Reynolds, quien se habría aprovechado de ella como hizo conmigo ocho años atrás.
Entiéndame, yo tengo mucho que agradecer a ese hombre: me dio cobijo, comida y calor cuando más lo necesitaba, pero a veces me pregunto si el precio no fue demasiado alto; estoy atada a él y a este albergue como si fuese su señora, su esclava.

Recuerdo que Anne no llevaba más que para pagar la primera noche. Con eso bastó. Yo puse el resto. Yo ya casi no pago aquí, ya que me ocupo del albergue junto con Frank; así he ido ahorrando una suma importante de dinero y pensé que sería buena idea prestar algo a aquella pobrecilla que tanto parecía necesitarlo.
Alguna vez que otra Frank me preguntaba de dónde sacaba el dinero Anne. Creo que, en el fondo, esperaba verla necesitada para poder hacer tratos con ella. Esa es la trampa de ese viejo de Reynolds. Y ella lo tenía enamorado con sus graciosos gestos, su voz dulce y sus ojos vivos y brillantes como dos luceros. Su piel fina y blanca, su hermoso cabello lacio...era realmente hermosa; hubiera podido proporcionarle un puesto de trabajo donde bailo todas noches. Los clientes habrían perdido la cabeza por ella y habríamos ganado una fortuna por su cara bonita y su cuerpo menudo.

Ella siempre lo rechazó. Decía que quería dedicarse a otra cosa, que no quería vender su cuerpo. Supongo que tenía firmes principios y bastante valor, yo a su edad conocía cada rincón de mi cuerpo, y muchos hombres también los conocían...

Solía pasar las mañanas conmigo. Nos hacíamos compañía mutuamente hasta que encontró un trabajo como ayudante de la señora Dorothy Evans, un ángel al que se le debieron de caer las alas en alguna buena obra.

En fin, hasta aquí todo lo que le puedo contar, agente...

lunes, 30 de julio de 2012

En la habitación a oscuras

Caen las hojas marrones,
las verdes aún aguantan,
amarillas y rojas,
sobre los adoquines húmedos
de las calles mojadas.

En la oscuridad nocturna
del callejón intransitado
se dejan oír los pasos
de unas botas viejas
del color de la penumbra.

Cadencia lenta de pasos
en la noche oscura.
Cadencia lenta de abrazos
en la habitación a oscuras.

Más allá del frío,
lejos del callejón intransitado
por el que se dejan oír los pasos,
un corazón abraza a otro
del que responden los labios.

Y en el calor del hogar,
en una habitación a oscuras,
se dejan de oír los pasos
de unas botas viejas
por un callejón solitario.

Y mientras tanto caen las hojas
marrones, las verdes aún aguantan,
amarillas y rojas
sobre los adoquines húmedos
de las calles mojadas.



Granada, 8/7/12.

martes, 24 de julio de 2012

Cuentos del mundo: El zapatero y los duendes

Historias, cuentos, leyendas...la literatura es mucho más que la lucha interna del ser humano contra su destino, es mucho más que escribir para perdurar o para liberarse. Es el alma misma de los pueblos. Los pueblos que cuentan con sus propias historias, con sus propias leyendas, son los mismos que pueden presumir de sus raíces y depositan en ellas los valores que los mantendrán unidos en el futuro.

Hace algún tiempo comencé una serie titulada "Cuentos del mundo" a través del canal Globoviajero en Youtube. La misma , sí, que ya he anunciado en otros blogs.

En esta serie recopilo cuentos populares que traduzco o adapto para darlos a conocer. El primero es un cuento italiano más conocido por los hermanos Grimm: El zapatero y los duendes.

Aquí va, como el caballo de copas...



jueves, 19 de julio de 2012

El ángel de la sonrisa

Sigo rescatando para este blog los textos que publiqué hace ya tres años en Literatura en Volendam. Espero que un trienio después sigan gustando...

"El aroma de claveles y geranios te envuelve en el frescor de la noche de verano que ahora contemplas desde la pequeña plazoleta que da al valle. El silencio es absoluto. Sólo la eterna soledad hace compañía a las estrellas que te sonríen, cómplices, desde el oscuro cielo. El pequeño riachuelo del valle, corriendo incansable hasta un final sabido de antemano, refresca el ambiente para que los mismísimos ángeles bajen a descansar.

Tu corazón comienza a latir con más fuerza, el aroma de los claveles te impregna la lengua y te hace vibrar. Hay algo extraño en la noche, algo diferente, algo que te hace flotar e hincha tu alma hasta que duele.
Miras a tu alrededor, buscando una señal que no aparece. Estás inquieto porque tienes la certeza de que algo maravilloso ocurrirá esta noche. A tu izquierda y a tu derecha, las pequeñas casitas blancas se elevan suavemente con aire tranquilo...¿qué está ocurriendo esa noche?

Al fin alzas la mirada y, apoyada en el alféizar de la pequeña ventana, la más cercana a la luna, se encuentra la criatura más hermosa que has visto en tu vida: la mirada, perdida, se dirige al vacío, como inquiriendo algo al infinito; sus ojos negros y sus sonrisa perfecta te hielan la sangre, te elevan y te dejan caer de nuevo; el cuello largo desciende hasta sus hombros, cubiertos parcialmente por unos cabellos de azabache; su piel compite con la Señora de Plata, y los ángeles suspiran a sus pies.

Ella misma se asemeja a un ángel, al más puro y elegante de todos. Sí, definitivamente es un ser celestial, de los que elevan los cánticos para que la Humanidad perviva.
La miras sin querer apartar la mirada de su sonrisa. Tu alma se ensancha y se encoge a la velocidad de la luz, el amor no tiene piedad de nadie...¡Oh, pobre mortal!
Quieres acercarte, llamar su atención. Esperas unos segundos para ver si se fija en ti...nada...¿Por qué no mira?
Quieres abrazarla, besarla, adorarla hasta que el tiempo consuma tus huesos; incluso entonces, todo habrá merecido la pena.

Finalmente decides levantarte. Los dulces aromas siguen envolviéndote, haciendo más duro lo que viene a continuación.
Cuando te has levantado, das el primer paso de vuelta a la fría casa donde te espera la soledad más amarga, donde los minutos son pequeñas eternidades que te devoran como a Prometeo.
Das unos pasos mirándola todavía, después te vuelves con una lágrima corriendo por tu mejilla como el riachuelo del valle...ella es tu ángel, el mismo al que nunca conocerás".

sábado, 14 de julio de 2012

El entierro de Julián Retama

A muerto tañen las campanas;
alguien hoy nos dejó.
Parece que fue Julián Retama,
el anciano enterrador.

De un pueblo de mala muerte
fue del camposanto señor.
Siempre fiel a su puesto,
Julián Retama el enterrador.

En los bares decía el muy tunante,
decía, como digo, el muy bribón,
que en su trabajo lo enterrarían
y va primero en la procesión.

Dicen de los grandes artistas
que han de morir en los escenarios.
Julián Retama descansa
bajo el márol de sus lápidas.

Detrás de él va un par de amigos
y de sus primos, el menor.
Lo sigue el pueblo en tropel
cómo lo entierran a ver.

Hoy es otro el que trabaja
y el protagonista es aún él.
Quien va dentro de la caja,
a medio pueblo enterró él.

Y entre flores y rosarios
balbucean las viejas del barrio
por Julián Retama una oración.
Por Julián Retama el enterrador.

¡Qué Dios lo tenga en su Gloria!
dice el cura a los presentes.
¡Yo no me quiero morir!
piensan allí mismo las gentes.


lunes, 9 de julio de 2012

Aliteraciones en el parque

A Xanath Caraza,
profesora, escritora, amiga.



Se habla mucho del parque
y casi nada del parqué,
porque para qué,
si es parte a parte,
aparte, aparte usted.

Ya nadie nada nada
en este estancado estanque.
¿Es tanque?
¡No! Ponga atención y no se atasque,
no se estanque ni se atranque,
que no es tanque sino estanque.
¿Y ya nadie nada nada?
Desnudo nadie nada
ya en el estanque.

Las hojas rojas caen
sobre la corriente del río
celeste espejo del cielo
azul de cirros jalonado.
Gentes y pájaros
se acercan jadeantes
a la corriente del río,
celeste espejo del cielo
azul de cimas jalonado.

Yo me voy...
se hace tarde
en el parque.



miércoles, 6 de junio de 2012

Frases sobre literatura

Hoy me apetece hacer un alto en el camino del horrendo crimen de la pobre Anne y presentar unas cuantas frases con las que muchos grandes genios han expresado su opinión sobre la escritura y la lectura.
A fin de cuentas, como ya ocurriera con la entrada de Tras mil veces no, el trabajo de otros es mucho más importante que este humilde blog y constituyen la base de lo que mi pluma quiere dejar sobre el papel.

Os dejo, pues, con la recopilación de frases. ¡Disfrutadlas!


- "Escribir es la forma más profunda de leer la vida". (Francisco Umbral)

- "Escribir es una forma de terapia. A veces me preguno cómo se las arreglan los que no escriben, los que no componen música o pintan, para escapar de la locura, de la melancolía, del pánico inherente a la condición humana". (Grahan Greene)

- "Los libros no se hacen como los niños, sino como las pirámides: con un diseño premeditado y añadiendo grandes bloques, unos sobre otros, a fuerza de riñones, tiempo y sudor". (Gustave Flaubert)

- "Si los versos no sirven para enamorar, no sirven para nada". (Alí Chumacero)

- "Escribo para evitar que al miedo a la muerte se agregue el miedo a la vida".
(Augusto Roa Bastos)

- "Y...si he escrito esta carta tan larga, es porque no he tenido tiempo de escribirla más corta". (Blaise Pascal)

- "La eternidad es una de las raras virtudes de la literatura". (Adolfo Bioy Casares)

- "Un libro es una versión del mundo. Si no te gusta, ignóralo u ofrece tu propia versión". (Salman Rushdie)

- "No hay libro, por pobre que sea, que no sea un prodigio". (Ben Jonson)

- "El recuerdo que deja el libro es más importante que el libro mismo". (Gustavo Adolfo Bécquer)

domingo, 3 de junio de 2012

El asesinato de la joven Anne (IV): Frank Reynolds

No sé qué le habrán contado de mí, agente, pero yo no maté a aquella muchacha. Sí, es cierto que se alojó aquí a mediados de abril, poco después de que terminaran las lluvias, cuando el calor comenzó a apretar.

Llegó como una ola de aire fresco a este pueblo, agente, demasiado viejo. Llegó con un par de pequeñas maletas, bastante viejas, creo recordar. No creo que tuviera familia, de modo que aquellas maletas debieron de ser los restos de una herencia por parte de una abuela o un bisabuelo. Aunque hermosa como un ángel, era de aspecto pobre; un lucero, sí, pero algo dejada en su vestimenta usada y en su aspecto cansado.
La verdad es que yo no la conocí demasiado. Se limitaba a pagarme puntualmente y pasaba las primeras horas de la mañana encerrada con Kelly, una antigua inquilina del albergue; por las tardes salía a pasear. A finales de mes me anunció que ya no se hospedaría más aquí, con nosotros.
Fue un golpe duro, lo admito. Se resintieron el bolsillo y la vista, usted ya me entiende, agente. Pero aún me queda Kelly, y ella sabe bien que yo no maté a aquella chica. Yo no haría jamás daño a una mujer, por muy fría que fuera su actitud hacia mí; no señor, me gustan demasiado.
Como le digo, yo no supe jamás mucho sobre la joven. Cierto es que siempre me trató con respeto y jamás se retrasó en un pago. No sé cómo pudo costearse los dieciocho días que estuvo aquí, pues, como le dije, tenía aspecto pobre y sé bien que no trabajaba hasta que el 1 de mayo comenzó a trabajar en la heladería de esa arpía de Dorothy Evans. Me alegro de que su sobrina ande detrás de quitarle el negocio, espero que algún día lo consiga...
Y en cuanto a la chica, supongo que Kelly sabrá mejor que yo de dónde sacó el dinero.

Kelly se hospedó aquí una fría noche de enero. Creo recordar que fue hace ocho años. Ella tendría unos 22 años, no muchos más de los que tenía Anne cuando llamó a mi puerta. Kelly era una muerta de hambre. Pobre y calada hasta los huesos por la intensa lluvia que azotaba la región desde hacía un par de días.
Recuerdo cómo llegó. Era muy joven, sí; pero tenía ya el rostro marcado por el sufrimiento. Yo la acogí, aunque la primera semana no vi ni un pago. No obstante, ella estaba en posesión de otros recursos...y los sigue teniendo...ya me entiende usted. Recursos y experiencia. Yo vivo solo. La acogí, pese a que no tenía donde caer muerta.

Según me dijo en un par de ocasiones, se había fugado de casa unos meses antes. Por lo visto, su padre las maltrataba a ella y a su madre. Así fue como decidió recorrer el país en busca de una vida mejor.
Según me dijo, había trabajado en un par de locales antes de hospedarse conmigo; pero de todos la echaron porque la paga nunca le dio para vivir. Ahora trabaja en la ciudad, pero jamás ha consentido decirme el nombre del local, y yo, francamente, no estoy interesado. Si quiere hablar con ella, tendrá que hacerlo por la mañana o antes de las siete de la tarde.
En fin, de este modo ha vivido conmigo estos ocho años. Cuando puede, se encarga del albergue. Por supuesto, ella ya no es una clienta más: paga menos y es casi como de la familia; tenemos bastante confianza, aunque nunca soltó prenda sobre la joven Anne.
Creo que trataba de protegerla de mí, o quizá no quería perder su posición, usted ya me entiende, agente.
El caso es que yo no puedo decirle demasiado sobre la muerta. Salvo que siento su muerte...

Ahora que me acuerdo, agente, antes de irse Anne me dijo que se marchaba cerca de uno de los parques nuevos. Conozco al propietario de la casa, aquí todos nos conocemos. Se llama Harvey Bender. No es del pueblo. Vive y trabaja en la ciudad, como contable. Estuvo viniendo por aquí durante un tiempo, pero sus hijos se aburrían por aquí, de modo que pensó en alquilar la casa; eso me dijo una tarde mientras bebíamos unos vinos.
Y así lo hizo. Que yo recuerde, la casa pasó por, al menos, tres inquilinos diferentes. La última fue la muerta.

No recuerdo el nombre de los anteriores inquilinos ni he vuelto a saber nada del contable. Era un buen tipo, eso es cierto; algo nervioso y bastante agobiado por la familia; pero un buen tipo, a fin de cuentas.

En fin, agente, eso es todo lo que puedo decirle. Yo no la maté. Yo jamás haría daño a una mujer, por fría que sea conmigo. Me gustan demasiado...

viernes, 1 de junio de 2012

El asesinato de la joven Anne (III): Dorothy Evans

Bueno, verá usted, la joven Anne, que en paz descanse, llegó al pueblo a finales de abril y se hospedó en el albergue de Frank Reynolds hasta el mismo día 1 de mayo, cuando comenzó a trabajar en la heladería.
Yo sé poco de sus primeros pasos en el pueblo. Casi no salgo de mi heladería. Soy soltera, sabe usted; de modo que mi familia son los jovenzuelos que vienen a diario a comprarme los helados que con tanto esfuerzo hago.
Por supuesto, no siempre ha sido así. Antes, aunque no lo crea usted, yo era una joven lozana y fuerte, capaz de trabajar día y noche sin descanso para obtener los mejores helados de la zona. Está feo que lo diga, agente, pero mis helados y dulces gozan de la mejor fama en muchos kilómetros a la redonda. Vea, esta foto es de cuando era yo una moza...¡guapa, verdad?

Como le decía, la señorita Anne vino a verme a finales de abril para pedirme trabajo como ayudante en la heladería. Me pareció una chica muy guapa y bastante amable, justo el tipo de persona que debe estar al cargo de mi heladería. Me recordó bastante a mí cuando era joven. Aquí tiene otra foto; esa es de aquel verano en el que hizo tanto calor, un año magnífico para el negocio, como usted supondrá.
En fin, no dudé un instante en contratarla. A fin de cuentas, una ya no puede estar en todo ni rendir como antes; pero aquella joven se presentaba ahora como un soplo de aire fresco para el negocio, un soplo de vida en estos tiempos que corren.
Recuerdo que su sonrisa tierna me cautivó, y su mirada sincera y limpia parecían decirme que era ella la persona que tanto había estado esperando. Sí, señor, no dudé un instante en contratarla. Empezó a trabajar para mí el mismo día 1 del mes siguiente, pues el pueblo es caluroso y por esas fechas ya hay que empezar a hacer los helados en mayor cantidad, de modo que no tardó demasiado en incorporarse. Me sorprendió gratamente su habilidad para hacer helados, especialmente de alguien tan joven como ella y que no contaba con ninguna experiencia previa en este honrado y honroso oficio.

Era una chica muy responsable y laboriosa. Jamás faltó al trabajo o se quejó de él. Cierto es que me resultó bastante maleducado que me pidiera un adelanto de su sueldo el primer día, pero tenía sus razones, y eran muy buenas: quería alquilar su propia casa y no tener que vivir en el cochambroso albergue del señor Reynolds; y no la culpo, ese anciano no es más que un viejo verde, más temeroso de los indignados maridos que de Dios Todopoderoso, mejor observador de los gestos femeninos que de las Sagradas Escrituras; ese truhán la acosaría con sus impertinencias hasta cansar a la pobre chiquilla. Además, aquella chica tenía iniciativa. Me recordaba bastante a mí cuando tenía su misma edad...mire, esta foto es de una de las fiestas que organizamos las tardes de verano, encargaron una tarte enorme, la más grande que he hecho en mi vida.

En fin, como le decía, era una buena chica. Se llevaba bastante bien con los clientes, especialmente los de sexo masculino, que parecían adorarla. Hubo un tiempo en que a mí también me adoraron, pero eso ya pasó, claro está.
La señorita Anne siempre atendía como debía: con una enorme sonrisa en el rostro. Jamás se la escuchó discutir con nadie, al menos dentro del negocio. Su dulzura se comparaba a la de las madres, por eso el número de niños y niñas que venían a comprarnos helados creció considerablemente. No es que el pueblo sea rico en infantes, pero la presencia de la joven se notó bastante.
Sí señor, era un ricura de mujer. Es una lástima que ya no esté en este mundo. Con gusto le hubiera dejado la heladería tras mi muerte, pero Dios tiene sus propios planes y sus caminos son inescrutables.

Era una joya. Los clientes la adoraban, sin duda. Solía venir uno por aquí desde el mes de junio. Venía con frecuencia, casi a diario, hasta bien entrado el mes de septiembre.
Yo lo conocía porque era nieto del señor y la señora Feregarn, vecinos muy queridos en el pueblo. Ellos solían traer el gramófono que alegraba nuestras tardes de estío. Eran muy buena gente. Su hijo se casó en la ciudad y, aunque solían seguir viniedo por aquí en los veranos, el nieto dejó pronto de hacerlo. Supongo que el pueblo ya no era nada atractivo para él, que la verdadera movida, como dicen ahora los jóvenes, estaba en la gran ciudad a un par de horas a pie desde aquí, si uno marcha a buen ritmo.
Como le digo, aquel hombre solía venir por aquí, y al cabo de dos o tres semanas ya iban juntos de aquí para allá, siempre riendo y hablando. Él tendrá ahora unos 40 o 42 años, el doble de lo que tenía a pobre de Anne; pero parecían llevarse bastante bien, y jamás vi a la chica reír tan sinceramente como con él. Aunque no era el único amigo que tenía. También estaba esa joven que vive en el albergue de Reynolds...no recuerdo su nombre...

No sabría qué más decirle, agente, ahora mismo estoy algo ocupada y mi memoria no trabaja ya tan bien como antes. Solo puedo decir que me alegro del verano de la joven Anne. Al menos disfrutó los últimos meses de su vida...

lunes, 28 de mayo de 2012

El asesinato de la joven Anne (II)

Hola de nuevo, agente. Me alegra volver a verlo por aquí, aunque las circunstancias no sean muy de nuestro agrado. ¿Quiere una taza de té o de café mientras continúo con la historia de cómo conocí a la joven Anne?
¿Por dónde iba?...¡Ah, sí, ya recuerdo!...

Como le dije, la joven Anne trabajaba desde mayo en la heladería de la vieja Dorothy Evans. Hacía los mejores helados de sabores que habíamos probado en la vida. Nadie recordaba que el negocio gozara de tan buena salud desde aquel año, según contaban los más viejos, en el que trajeron el primer cinematógrafo al pueblo. Todo un acontecimiento, como podrá suponer.
El caso es que pocos días después de nuestro primer y fortuito encuentro, empecé a frecuentar la heladería para calmar el sofocante calor veraniego que se cebaba con el pueblo. También, mentiría si lo negara, lo hacía con la ilusión de encontrar a la joven que había cautivado mis ojos y mi corazón, como los de todos en la pequeña comunidad donde pretendía desconectar del mundo voraz y salvaje que era la ciudad durante todo el año.

Furtivas miradas y alguna sonrisa. Ese fue el primer contacto con la señorita Anne. Nada particular; todos en el pueblo hacían o habían hecho lo mismo alguna vez.
Como decía, durante la primera semana no me atrevía casi a hablar con ella. Su belleza y su voz eran tan delicadas que uno se sentía renacer cuando una de las dos te atravesaba los sentidos.
Finalmente, sin saber muy bien cómo, empezamos a hablar...

Al principio eran bobadas. Preguntas sin importancia y respuestas sin mucha sustancia. Fue entonces cuando supe que la joven no era de allí, que había nacido en un pueblo del sur del país, pero nunca me dijo el nombre. También supe que únicamente le quedaba un primo al que no veía desde hacía ocho años, y con el que solía cartearse antes de perder definitivamente el contacto con él. Tampoco mencionó el nombre de su primo.
Pese a que le encantaba hablar, era una chica reservada y celosa de su vida. Su halagüeno discurso jamás sobrepasó los límites del decoro y no era dada a contar sus penas pese a tenerlas, o eso creo yo, pues no hay nadie en este mundo a quien no le pese algo en el alma. Solo en alguna ocasión comentó cómo había tenido que luchar y trabajar sin descanso para no hundirse en la más absoluta miseria desde que sus padres murieran en un trágico accidente. Vivió una temporada con su tía, madre de aquel primo que le comentaba hace un momento, luego se marchó en busca de nuevos horizontes. Al menos, eso fue lo que ella me dijo; y jamás comentó mucho más. Su silencio la hacía, si cabe, aún más atractiva y misteriosa.

Tenía aspecto sincero, eso es verdad, y gustos bastante corrientes. Solíamos pasear a lo largo del río o ir al cine de vez en cuando. Sí que le gustaba bastante bailar y, como el pueblo es pequeño, las fiestas no faltaban cada semana. En el parque viejo se reunían los vecinos y escuchaban música, bailaban y se entrenían como en los viejos tiempos. Recuerdo que mis abuelos solían llevarme a aquellas reuniones, por llamarlas de algún modo, cuando no era más que un crío.
Mi abuelo era muy querido por todos, ya que él era el encargado de llevar el gramófono sin el que no hubieran podido sonar maravillas como las de Gardel o Carosone, que estuvo muy de moda por aquel entonces.

Bailaba mucho. Era una chica muy activa. A veces los más jóvenes se quedaban mirándonos cuando salíamos juntos a bailar. La deseaban, como los más mayores. Tuve suerte, supongo, de poder ser una especie de amigo durante aquellos tres meses, y maldigo la hora en la que tuve que volver a la ciudad.

Sí, se puede decir que a eso se reducían nuestras actividades: paseos a lo largo del río que vio también sus últimos momentos de vida, bailes en el parque viejo y, como fuera y donde fuera, interesantes conversaciones que nada tenían que ver con su pasado; aunque eran muy reveladoras de las aspiraciones de aquella preciosa joven, marchita ahora como cualquier otra rosa...

Según me contó una tarde de agosto, a medida que avanzábamos por la margen izquierda del río, su mayor sueño desde pequeña era ser bailarina. Y su cuerpo menudo recordaba bastante a una de esas jóvenes del Bolsoi. No sé si usted las ha visto alguna vez, agente...

domingo, 20 de mayo de 2012

El asesinato de la joven Anne (I)

A mis tíos Víctor y Mayte.



Nadie esperaba aquella noticia. Quién iba a suponer que la joven Anne, bella y dulce como un ángel podía acabar arrastrada por la corriente, río abajo, muerta.
Aún recuerdo cuando la conocí. Recuerdo perfectamente aquel verano, porque muchas cosas debían cambiar. Ella era un ángel, sabe usted. Nada hubiera sido lo mismo sin ella, agente...

Tenía que volver a aquel pueblo donde solía veranear con mis padres y abuelos en mi infancia. Yo vivo y trabajo en la ciudad, esa jungla de asfalto que te va consumiendo hasta que dejas de ser persona, hasta que te vuelves una máquina.
Por eso decidí que tenía que volver. Tal vez el contacto con mi niñez devolviera algo de aire a mis pulmones, a mi vida. Necesitaba hacerlo.

Recuerdo sin asombro que muchas cosas habían cambiado desde la última vez que estuve, hacía ya más de cuarenta años. Habían abierto dos nuevos parques y otras casas ocultaban parte de la vista que teníamos de las montañas al cruzar el río por las tierras del señor Clancy. Faltaban caras. Quizá eso fuera lo peor, en lo que más había cambiado. Ya no podías ver las caras sonrientes de tu infancia ni esuchar las voces de los vecinos.
Pero en esencia nada había cambiado. Todo permanecía como siempre había estado: los olores, los colores, todo. Los vestidos de la abuela mantenían aún el peculiar aroma de su colonia. El gramófono del abuelo aún parecía tener gans de sonar como antaño. Solo el reloj había dejado de marcar la hora para señalar eternamente el minuto exacto en el que murió mi abuelo.
Podría haberle dado cuerda, sí; pero pensé que era mejor así: parado para siempre...

Hacía calor ese mes. Junio estaba siendo terriblemente caluroso, pero los breves paseos por el pueblo ayudaban a calmar la sensación de sofoco. Fue en uno de esos paseos cuando vi por primera vez a Anne. Recuerdo que la luz aquel día era distinta. Más espesa, diría, como en una de esas películas de la década de 1960.
Ella no era una mujer corriente. Su rostro era dulce como el de un ángel, y sus ojos eran grandes y llenos de luz y de vida. Sus labios, finos y rojos, cautivaban cuando sonreía y dejaban ver unos dientes perfectos, inmaculados. Su piel era fina y pálida; suave. Su pelo oscuro, tocado con aquella cofia a franjas blancas y azules era tan hermoso como los jardínes del Paraíso. Sí, recuerdo aquel día que nuestras miradas se cruzaron por vez primera.
Yo estaba quieto, de pie, mirando fijamente sus movimientos suaves y delicados mientras servía uno de sus magníficos helados en la heladería de la vieja Dorothy Evans. Ella alzó la mirada mi me sonrió. Era un ángel, lo juro; esa joven no era de este mundo.

Pasaron días aún hasta que me decidía a entrar a la heladería. No sé si ha entrado alguna vez, agente; pero esa es la mejor heladería del mundo.
Solía ir a diario cuando era un niño. Allí tenían todos los helados que un crío puediera desear, y la vieja Dorothy Evans era la mujer más agradable del mundo. Recuerdo que en una ocasión un niño llegó pidiendo helado de aleta de tiburón; yo pensé que aquello no existía, que era imposible, de dónde iba a sacar aquella buena mujer semejante pedido. Pocos segundos después volvió con aquel helado y se lo entregó al niño con la misma sonrisa con la que había servido a una niña que pedía helado de hipopótamo.
Y cuando ella entró, agente, empezaron a hacer los helados aún mejores. Esa chica era un ángel, créame. Un bello y dulce ángel...

Nunca la olvidaré, agente. Una mujer así nunca se olvida. Yo tenía que escapar de la ciudad, y nada hubiera sido lo mismo sin ella...

viernes, 18 de mayo de 2012

El misterioso contacto (II)

- Hola una vez más, ¿cómo estás?
- Bien, gracias...matando el tiempo como siempre, sabes que mi vida es algo rutinaria. ¿Y tú?
- Pues...ya ves, justo ahora acabo de llegar del trabajo. Venía pensando en ti, lo admito...jajaja...me apetecía bastante hablar contigo.
- ¿En serio? ¡Vaya! Lo tomaré como un cumplido, eso significa que no te caigo mal del todo, ¿no?...jajaja
- No, nada mal.
- Bueno, ¿y qué te ocupaba la cabeza?
- Pues, verás...mmm...venía pensando en que, en realida, no sé mucho sobre ti. Nunca me has dicho de dónde eres ni qué edad tienes, desconozco tu estado civil y en qué trabajas...
...
¿Estás?
...
- Sí, perdona. Es solo que me sorprendió que, a estas alturas, me preguntes todo eso. Supongo que estás en tu derecho. A fin de cuentas, yo siempre he preguntado y obtenido respuestas.
¿Cómo te ha ido el día?
- ¡Oh, vamos ya! Yo pregunté en primer lugar, ¿no? No puedes escudarte siempre tras tu nick...
- Está bien, tú ganas... Me llamo (escribió su nombre en la pantalla), soy de un pueblo del sur, no sé si lo conoces, en la provincia de Huelva...bueno, no importa, es un lugar muy pequeño; cuando viví en él, solo tenía 137 habitantes.
- Entonces, ¿ya no vives en Huelva?...
- No. Ahora vivo en otro sitio...
-¿Dónde?
- Pues...¡qué más da! En otro sitio...
- ¿No me lo dirás?
- No sé.
- Está bien. ¿Y qué edad tienes? No quiero pensar que he estado hablando con alguien mucho menor o mayor que yo...jajajaja...aunque me caes bien.
- Tengo 17 años.
- ¡Anda ya! Pareces mucho mayor, no hablas como el resto del mundo. Me estás mintiendo...
- ¡No! Te juro que es cierto...
- mmmm...oye, ¿y a qué te dedicas?
- Recuerdo que me dedicaba a estudiar.
¿Recuerdas? ¿Te dedicabas?...jajajaja...cada día hablas de un modo más raro y enigmático...
- Sí, bueno...tengo que irme...
- ¿Ya? ¡Qué pronto! Con lo bien que lo estaba yo pasando ahora que empiezo a saber algo de ti.
- ¿Qué? ¿En serio no sabías nada de mí hasta ahora?¿No lees los periódicos?
- ¿Los periódicos?¿Acaso eres célebre?...jajajaja...dudo que un personaje célebre pase por estos mundos donde se compra y se vende hasta el dolor de muelas.
- Me voy...nunca me habían tratado con tanta falta de respeto...ni siquiera aquella vez...

Si hubiera mirado los diarios antes, si no hubiera malgastado sus horas frente a una pantalla vacía de vida, vacía de miradas, habría sabido mucho antes la noticia.
Aquella persona, fallecida a manos de uno de esos tipos que pervierten menores, llevaba más de veinte años de sala en sala, de chat en chat. Sombra de otro mundo en busca de falsos amigos...

domingo, 13 de mayo de 2012

"Tras mil veces no" de Isabel Arroyo

En todo este tiempo con vosotros me he dedicado únicamente a exponer mi trabajo. Hoy quisiera exponer el de otra persona, una autora novel como este humilde servidor.

Tuve la inmensa suerte de coincidir con ella en Granada, donde estudiaba periodismo tras haber dado sus primeros pasos en la Facultad de Traducción. Se llama Isabel Arroyo Sauces, andaluza de bandera, periodista y escritora.

Tras mil veces no es su primer libro en el mercado y, esperamos, no será el último. La historia narra las aventuras y desventuras de Alberto, un joven universitario que...bueno, creo que es mucho mejor que lo leáis vosotros mismos.
Yo ya me he decidido a comprarlo. ¿A qué esperáis vosotros? Tanto Isabel como yo os prometemos que no os defraudará.





Desde aquí quiero mandar un saludo a Isabel y mis mejores deseos para con su carrera periodística y escritora. ¡Sigue así!

miércoles, 9 de mayo de 2012

El misterioso contacto (I)

Pasaba las noches en completa soledad frente a aquella máquina sin la que el mundo exterior hubiera sido más una leyenda urbana que una realidad. Frente a su ordenador consumía las horas más preciadas de su vida, una vida que transcurría entre el rol, los canales y los portales de encuentros.

Recurría con frecuencia al uso de redes sociales y chats. Aquella era su única vía de comunicación con el mundo, pues la timidez y la falta de seguridad habían terminado por reducir su vida y sus relaciones a unas pocas teclas y a una pequeña pantalla.
No es que tuviera grandes conocimientos en informática, pero le bastaban para navegar en busca de nuevas sensaciones, de nuevas emociones que erizaran el vello de su cuerpo. No sabía distinguir muy bien entre software, hardware, puertos o conexiones, pero tenía la completa seguridad de que encontraría a su media naranja en la gigantesca red de redes, esa que estaba en boca de todos, esa a la que todos llamaban internet.

Todo comenzó como un juego. Una noche de aburrimiento, como otra cualquiera, con muchas horas por delante y pocas amistades con las que disfrutarlas.
Nunca llegó a entender del todo lo que ocurrió a partir de aquella primera vez. En la red podía encontrar cuanto quisiera, a quien quisiera, de un modo rápido y sencillo. Jamás hubiera imaginado que podía abandonar una vida para adquirir otra en la que podía ser cuanto siempre había querido ser. Lo cierto es cada vez que se conectaba a aquel prodigio de la tecnología, se sentía mucho mejor.

Así fue como empezó a construirse un mundo cada vez más virtual, menos real, pero también más cómodo y con el que sentía con más vida que nunca. A las pocas semanas mantuvo su primera conversación en uno de esos portales de encuentro donde otras personas, sin importar su estado civil, su condición social, su edad o sus intereses, compartían vidas tan miserables y tristes como la suya propia.

Aquella persona, aquel "contacto", como solían llamarlo en ese mundo irreal en el que todo era perfecto, pronto demostró ser alguien de valía. No era como aquellos internautas que navegaban durante horas en busca de aventuras fuertes con las que jactarse después, de vuelta en sus particulares yolcos.
Poco a poco fueron cogiendo confianza. Pasaban horas charlando; las tardes se convertían en noches, y éstas, en días. Chateaban y hablaban de cualquier cosa, desde nimiedades hasta problemas de todo tipo; y en cualquier momento, en cualquier situación, allí estaban el uno para el otro.

Una conversación dio lugar a otra. Y se sucedían sin descanso cada día. Y aunque la confianza entre ellos crecía, aquel contacto parecía negarse a revelar un secreto que lo consumía por dentro. Algo había en su escritura que aquellas frases incompletas, aquellas respuestas entrecortadas y tajantes al otro lado de la pequeña pantalla, no dejaban ver claramente.

Desde su más tierna infancia sus padres le habían dicho que la curiosidad mató al gato, pero jamá había encontrado la oportunidad de comprobar la veracidad de aquel dicho. De este modo, aquella noche se produjo la siguiente conversación...

jueves, 3 de mayo de 2012

Un hombre no es nada sin su sombrero

Mientras arreglo el soberano estropicio ocurrido en mis borradores y vuelvo a preparar la serie "El asesinato de la joven Anne", os dejo con otro texto rescatado de mi antiguo blog "Literatura en Volendam".

Espero que lo disfrutéis...otra vez...

"Un hombre no es nada sin su sombrero. Eso es algo que se aprende en la escuela, desde muy pequeño.

Una vez conocí a un señor que lo había perdido todo en unas apuestas: la casa, la mujer, los hijos, el coche, el empleo, la gabardina, los zapatos, la corbata, la camisa, el chaleco de pana y el de raso, los órganos, y hasta la razón; pero conservaba el alma y la dignidad porque aun llevaba su sombrero. Y la gente le gritaba en la calle “oye, vas desnudo y vives solo en una plaza”, pero él contestaba orgulloso “sí, mas aun poseo un sombrero bajo el que vivir” y se iba sonriente.

Otra vez supe de un señor que comió tanto que tuvo que ser ingresado de urgencia en un hospital y, cuando abrió los ojos y vio al doctor, le gritó desesperado que salvaran su sombrero.
Bueno, según dicen, aquel señor tan glotón fue enterrado esa misma tarde, pero consiguió en su postrer intento que su sombrero obtuviera una buena cantidad de dinero con la que pudo cubrir sus gastos hasta el día en que, de manera accidental, voló hasta un estanque donde, húmedo, fue maltratado hasta la muerte por unos patos algo bobos.

En otra ocasión, el noticiario matutino anunció que una señora se había divorciado de su pamela amarilla con una cinta azul y había perdido la custodia de los niños a favor de su sombrero. La noticia no tendría nada de extraño, dado que por todos son conocidos los divorcios entre personajes de cierta categoría y sus sombreros, de no ser porque, agobiada, la señora decidió poner fin a la vida de la pamela y después suicidarse…¡dejando solos a tres pobres angelitos!

Un día llegó a mis oídos la historia de unos caballeros que habían decido compartir el único sombrero que poseían. Esa misma noche, el despistado complemento confundió las personalidades de tan gentiles señores y, desde entonces, no han vuelto a ser los mismos, y van por el mundo como autómatas.

Otro día, al caer la tarde, yo presté mi sombrero a alguien cuyo nombre me es doloroso recordar. No le transmití mi suerte, no le transmití mi pensamiento, no le transmití las noches plagadas de sueños felices, ni siquiera le transmití mis más tenebrosas pesadillas; no, sólo le transmití mi capacidad para olvidar el dolor…y debí hacerle mucho daño sin querer, porque desde entonces no se acuerda de mí.

Y es que un hombre no es nada sin su sombrero. Eso es algo que se aprende en la escuela, desde muy pequeño".

domingo, 29 de abril de 2012

Flotar...y alejarse volando

Entrada rescatada del antiguo blog Literatura en Volendam.

"Te elevas. Notas que tus pies se despegan del duro suelo y comienzas a sentir una extraña sensación de ligereza en todas y cada una de las extremidades de tu cuerpo.

Te elevas cada vez más, como un globo o una nube. Sientes que no puedes controlar tus movimientos, y dirigirte hacia aquel lugar que ves desde lo alto, sólo puedes elevarte, cada vez más y más…te alejas poco a poco del mundo de ahí abajo.

Tus pulmones van inflándose, llenándose de aire puro y fresco, y tú sigues elevándote en medio de una sensación extraña: no tienes miedo, aunque sabes que la altura es cada vez mayor y que una caída ahora sería un fatal contratiempo.

Miras tus pies, flotantes y extrañamente pesados; pero tu mirada va rápidamente al suelo, que se aleja de ti de manera inexorable…te elevas cada vez más y más.

A lo lejos distingues los campos y ciudades del mundo, tranquilos los unos, bulliciosas las otras. Entonces crees reconocer por un instante los rostros de algunos seres queridos que se despiden de ti agitando sus manos…mientras tanto, sigues ascendiendo.

El aire es cada vez menos abundante, y más puro. Un leve escalofrío recorre tu espalda antes de que una curiosa sensación de felicidad te invada por completo.
Son la paz y la tranquilidad que pueblan las alturas, que recorren silenciosas los techos del mundo, que reinan sobre los confines de la tierra, donde la vida es ya imposible porque es demasiado sincera.

Tus labios dibujan una sonrisa en tu cara, y se erige como la antesala de una explosión de risas contenidas desde hace mucho tiempo… ¡Dios, piensas, qué sensación tan grande!
No puedes dejar de reír, y vas alejándote cada vez más del mundo. Sientes que tu alma se expande, y ves el mundo como una inmensa canica lejana que algún infante risueño hace girar como un trompo.

Te alejas cada vez más…cierras los ojos mientras la sonrisa crece en tu interior y se propaga a tu rostro…te alejas…con un último suspiro, dejas atrás un horrible mundo…y te alejas para siempre".

lunes, 23 de abril de 2012

El combatiente

A los amigos del Programa de Mayores
de Cruz Roja Española.




Cada día era una nueva prueba, una lucha personal contra sí mismo y contra el tiempo que lo acechaba, que no le daba ni un minuto de tregua.
Sin embargo, no solo no le importa, sino que se mostraba orgulloso de seguir en pie un día más, pese a que la guerra se recrudecía y el enemigo avanzaba implacable.
A veces pensaba que de nada servía librar y ganar un nuevo combate en una lucha pírrica, perdida de antemano, y cruel; sobre todo, cruel. Pero en seguida miraba a su alrededor. Los rostros de quienes luchaban con él, de quienes estaban dispuestos a morir por él, y recobraba los ánimos, las ganas de seguir peleando hasta el final.

Cierto es que se sentía cansado. Su mente no era ya tan ágil, y su cuerpo lo era aún menos. El enemigo, omnisciente como era, trataba de valerse de aquella falta de agilidad, pero aquel soldado, después de tantos años sorteando peligros y esquivando balas, había aprendido a no dejarse matar.

En ocasiones le temblaban las manos, y no por miedo. Según él, se debía a que por las venas le corría el ritmo de la vida, y que su cuerpo no podía resistirse a bailarlo, quizás en un intento por escapar de los horrores de la guerra.

Sí, definitivamente, habían pasado demasiado año y ninguno de ellos en balde. Le costaba mucho reconocerse en los espejos. Ya no quedaba nada de aquel jovenzuelo que recorría las calles matando el tiempo o bebiéndose las mismas calles que pisaba con la fuerza de un titán.
Aún así, él se seguía sintiendo un chaval. Reía como el primer día, eso sí; aunque ahora había aprendido a reírse también de su suerte.

La mayoría de sus amigos habían caído ya. Los nuevos se habían ido incorporando sin cesar a la enorme y voraz máquina de matar que es la vida. A él no le quedaba ya demasiado, y lo sabía bien. Otro ocuparía su puesto dentro de poco tiempo, y quien lo hiciera, también tendría problemas para reconocerse después de tantos días en la trinchera.

La piel seca, las venas del rostro a flor de piel, los cabellos blancos y las manchas en cara y manos eran algunos de los síntomas del paso del tiempo, sus peculiares heridas de guerra. Aunque, qué duda cabía,las heridas más profundas las llevaba en la memoria. Penas y alegrías que acudían a visitarlo día y noche; especialmente las alegrías, sin las que la lucha habría sido imposible.
Y es que, a medida que pasaban los años, y habían pasado ya muchos, había ido olvidando los malos momentos. Al principio les concedía demasiada importancia, pero terminó por darse cuenta de lo contraproducente que aquel atesoramiento resultaba para el corazón, para el espíritu. Un auténtico polvorín, una bomba de relojería.

Es verdad que existían momentos imborrables, grabados a fuego en su memoria, incrustados en lo más profundo de su alma como los proyectiles de un fusilamiento en un inmaculado paredón. Y, en cierto modo, eso ocurría con aquellos malos recuerdos, que cada día lo fusilaban sin piedad y a cara descubierta.

Recordaba, por ejemplo, a su dulce esposa. Murió unos años atrás cubierta por esa gloria con la que se cubren las buenas personas al llegar el final. También recordaba a sus padres, a sus amigos...
A veces hablaba con ellos. Con todos. Ninguno le respondía, pero él sabía de sobra que lo escuchaban.

En fin, ya solo quedaba esperar entre recuerdos. Repeler los ataques del tiempo. Resistir valientemente los envites de la vida. Seguir siendo un niño para siempre...

miércoles, 18 de abril de 2012

Un susto de muerte

Era ya tarde. Hacía horas que el reloj había pasado de la medianoche y las campanas de la iglesia habían anunciado el comienzo de otra madrugada.

Se levantó de la silla donde se encontraba repasando un par de notas sin importancia. Ya había terminado sus quehaceres y se encontraba en completa soledad con sus pensamientos.
Ahora que su madre había ido a dormir, podía dedicarse a pensar en voz alta sobre el día tan ajetreado que había tenido. Un día largo. Un día de idas y venidas, de carreras desesperadas de un lugar a otro, sin descanso alguno, ni un triste minuto para reposar cuerpo y mente.
Pero por fin no quedaba nadie en la salita de casa, nadie podía ahora impedirle dar salida a sus pensamientos, encerrados durante casi veinticuatro horas en tan poco espacio.

Pensó en ver un rato la televisión para despejarse. Siempre le había funcionado cuando no estaba al cien por cien; no obstante, descartó rápido la idea. Tal vez si leía uno o dos capítulos del libro que había empezado...no, definitivamente no. Necesitaba dormir.
Un sueño reparador, de esos que duran horas y horas y se termina por perder la noción del tiempo, es lo que necesitaba.
Fue a prepararse. Después de apurar un plato con un par de dulces convenientemente puesto sobre la mesa de la cocina, fue al baño y se empleó a fondo con los dientes. Siempre decía que una dentadura sana es sinónimo de un alma sana.

Al llegar a la habitación, sobriamente decorada, decidió no encender la luz. Si descorría la cortina del balcón podía ver gracias a la luz de la luna que brillaba más llena que nunca. Mirar aquel cielo oscuro era un alivio para su embotada mente. Las estrellas lucían quietas en lo más alto de la bóveda, ajenas a lo que ocurría en aquel miserable rincón de un planeta perdido.
Fuera soplaba algo de viento. El balcón mal cerrado dejaba entrar un cuchillo de aire frío que agitaba la cortina sin demasiadas ganas. Se cambió y se tumbó a mirar el cielo a través de los limpios cristales.
De repente, como quien ve un espejismo en el desierto, le pareció que algo se movía en el balcón. Una sombra. Quizá algún ave nocturna que se hubiera posado en él. Contuvo el aliento como esperando algo más, un movimiento, un sonido, algo...
Nada. Se levantó de la cama y dudó si acercarse algo más a la ventana. Fuera lo que fuera aquello, estaba aún en el balcón, esperando un momento.
No sabía qué hacer. Su mente había comenzado a ir cada vez más deprisa siguiendo el ritmo desenfrenado del corazón. Oyó un sonido.
Poco a poco se fue acercando al cristal que separaba un mundo de otro. Empezaba a inquietarse. Fue pegando la mejilla al cristal para ver de reojo lo que había aterrizado en su balcón. Poco sabía entonces que no haría falta afinar la vista.

Salidos completamente de la oscuridad, de la nada, unos sanguinolentos ojos se clavaron frente a los suyos. Un gesto de terror se dibujó en su rostro y retrocedió súbitamente. Aquel ser abrió unas fauces terribles y pareció emitir un chillido que heló la sangre de quien lo oyó.
Ese fue el momento en que, en el retroceso, tuvo la mala suerte de pisar su propia ropa. Madre le había advertido miles de veces que tenía que poner orden en la habitación, pero siempre se había burlado de ella.
Mientras caía hacia atrás vio como aquel horrible ser, similar a un murciélago enorme o a una polilla de aspecto humano, levantaba el vuelo con una sonrisa aún en los labios. Lo último que sintió fue un fuerte dolor en la cabeza.

A la mañana siguiente, el pueblo entero se despertó con la espeluznante noticia. ¿Cómo moría alguien con aquella expresión de miedo en el rostro?¿Qué ser había causado un espanto tal que provocara la muerte más horrible de todas?