jueves, 29 de noviembre de 2012

Carta de despedida de un joven español

A quien pueda interesar:

En el mismo instante de redactar estas letras que ahora se corren con la humedad de mis lágrimas sobre el papel, me llamaba como tengo a bien firmar abajo, tenía veinticinco años y me hubiera gustado decir que un negro futuro por delante; pero no puedo, ya no me queda nada.

He pasado mi vida arropado más o menos por una familia que me quería tanto como yo a ella, una familia comprensiva que siempre quiso para mí lo que yo para ella. Es justo que en este triste y duro momento me acuerde de la familia. Ahora entiendo aquello de que en los momentos difíciles siempre estarían conmigo.

No es menos justo que, ahora que vuelvo la vista atrás y repaso estos veinticinco años, me acuerde también de mis amigos, esas personas que nunca me han dejado pese a que el tiempo dejara a muchos atrás.

Como digo, atrás echo la mirada buscando un salvavidas que me auxilie en este mar al que se dirige el río de mi vida. Buenos recuerdos los tengo, y no son pocos, pero quedan lejanos. A este instante no llegan sino ecos, como leves pasos en un salón o susurros en la noche de la memoria. ¡Qué mal ha pasado el tiempo!

Mis mejores recuerdos, creo, son de la despreocupada infancia que viví ajena a los problemas que azotaban a mis mayores. De entonces vienen a mi mente, ahora aletargada por el miedo ante lo desconocido, los juegos y las risas de mis compañeros. Dios mío, pareciera como si estuvieran riendo ahora mismo a mi alrededor, pareciera como si, asegurándome que todo está bien y que no hay nada que temer, me invitaran a dar este paso que tanto temo en realidad. Sus risas son un canto desde el abismo, un canto dulce de sirena.

Fue poco después cuando empezaron a decirnos que nosotros éramos el futuro. Una idea fascinante para unos jóvenes, sin duda, la de ser quienes un día formáramos parte de una tierra rica y fuerte en la que vivir felices. Una idea absurda, ahora que lo pienso, porque aquellas bellas palabras no resultaron ser sino mentiras; un bonito discurso sobre un papel tan mojado como en el que ahora me desahogo. Me pregunto en qué preciso instante mostró la vida su rostro más fiero y me golpeó hasta que perdí toda esperanza.

Esperanza. Una hermosa palabra entre los labios de un joven que empezaba la Universidad. Cada vez estaba más cerca ese futuro, ya casi podía alcanzarse, sólo había que alargar un poco más el brazo y sería mío.

También de la Universidad guardo recuerdos que se resisten a dejarme marchar sin luchar un poco más. Atrás quedaron los compañeros y llegaron los amigos. Con ellos sí que viví lo mejor de mi vida, con ellos sí me sentí vencedor de la niebla del futuro; y aunque momentos malos recuerdos los hubo, recuerdo con emoción que mis amigos siempre estuvieron ahí, apoyándome tanto como yo a ellos para no vernos caer.

Pasó aquel tiempo y más traicionera se volvió la vida. Ya no puedo fiarme de nadie. Ya no me queda nada salvo recuerdos que se habrán ido, que habrán desaparecido de este mundo, como si jamás hubieran existido, para cuando alguien lea esto.

Nada ha salido como esperaba. A lo largo de mi vida siempre habían dicho que esto es normal, que la vida no es rosa y que pocos son los que alcanzan sus sueños; pero cuesta demasiado verse en esta situación después de todo lo pasado, después de todo lo vivido.

Sé que muchos me tacharán de egoísta y de cobarde por haber tomado esta decisión para cuya culminación no estoy seguro de estar preparado. Sé que no tengo problemas. Sé que un problema es una hipoteca, niños, el miedo a perder el trabajo. Lo mío, lo sé porque me lo han repetido hasta la saciedad, no son problemas. Yo no tengo hipoteca que pagar porque, después de tanto esfuerzo, no tengo un trabajo con el que pagarla ni con el que comer ni con el que tener niños ni…no, no tengo. Soy una carga para quienes dicen que me quieren. Soy un peso muerto a mis veinticinco años, veintiséis si hubiera aguantado un poco más. Soy una carga para todos. Soy una carga para la familia, que critica a los jóvenes que no trabajan; soy una carga para el Estado, que me dice que no tengo afán emprendedor; soy una carga para el banco, a quien no puedo darle ni un céntimo más. Soy una carga y hay que aligerar peso para que el barco no se hunda.
No quiero que estas letras se conviertan en un instrumento contra unos y otros. A fin de cuentas, a los políticos no les importa lo que pasa porque ellos ya se han salvado, no son más que como ese asqueroso capitán que abandonó el barco al ver que se hundía. A los banqueros no les importa porque cómo va a importarles la vida de alguien a quien no conocen y no representa para ellos más que un número en negro o en rojo. No, estas letras llegan demasiado tarde para ser instrumento contra nadie. Yo solo quiero dejar constancia de que existí, de que una vez estuve vivo y sentí y vi y oí y reí y lloré.

En fin, ya que inexorable se acerca mi final, quiero pedir perdón a quien me lea por mi mala escritura: no me quedan fuerzas para sostener la pluma, como no me quedan fuerzas ni para suspirar. También quiero pedir perdón a quienes dejo aquí con problemas que son más importantes que los que me arrastran a esta situación, y a quienes he querido siempre como ellos me han querido a mí. Quiero pedir perdón a quienes hice daño, intencionadamente o no, a lo largo de estos años. No espero el perdón de nadie, salvo de quien haya de juzgarme allí arriba, pero sí os pido clemencia para cuando yo no esté.
Estoy seguro de que volverán los buenos tiempos y las bellas palabras de futuro y esperanza cobrarán más fuerza y sentido que nunca. Estoy seguro de que la desesperanza que ahora atenaza a quienes viven como yo, ha de dar paso al poder de la voluntad de vivir. Estoy seguro de que seréis felices.
Recordad siempre que os quiso hasta su último suspiro,
X.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Cuentos del mundo: El soldado encantado

No se puede hablar de Granada y sus leyendas, sus edificios encantados y sus mágicos rincones sin hablar de "El soldado encantado"; un ejemplo del tipo de leyenda popular de una tierra que, aunque cristiana y europea, ha tenido siempre una fuerte relación con el mundo árabe, tan rico en tradiciones y cuentos, y los tesoros que aquí dejó cuando abandonó para siempre la España del siglo XV.

Narrado por un servidor, este cuento fue publicado a través del canal Globoviajero en Youtube y el blog "Por caminos y ciudades".

Aquí os lo dejo. Espero que lo disfrutéis...



miércoles, 14 de noviembre de 2012

Historias de la atalaya: La historia de los tres hermanos

A lo lejos, más allá del riachuelo de aguas frescas y cristalinas, en una zona de altas hierbas, de matorral seco y olor a pena, se recorta la silueta de una casa vieja, oscura, medio derrumbada.
No es fácil de ver, pero ya la habías encontrado en uno de tus largos paseos por el valle, ahora sólo tienes que localizarla. Ahí está.

Parece sacada de un cuento de terror: solitaria, medio caída e invadida por la maleza, parece una triste versión de la mansión de los espíritus de la que habías oído hablar. Lo que hoy cubre la maleza fue en su día un huerto, recuerdo de un lejano tiempo de alegría y bonanza.

Quieres saber su historia, pero aún no es el momento. Con el sol en su cénit, el momento de las historias no ha llegado, aún no se siente el dulce aroma de las flores, de los miles de claveles y geranios que adornan las calles de la blanca atalaya; aún azota con fuerza la tierra el ardor del astro rey, aún silencia los ánimos de quienes trabajan el valle. Pero la tarde llegará. Y con ella las sillas de mimbre al fresco, el rasguido de guitarras que llorarán a la luna y enfrentarán historias al silencio de la oscura noche sobre el valle y su atalaya, sobre la atalaya y su valle.
Y cuando la noche caiga, por aquella casa podrás preguntar. Mira, la tarde cayendo está...

Aquella casa maldita,
aquella casa criminal.
La historia de tres hermanos
a cada cual más rufián.
 
Esta es la historia de un padre,
de una familia perdida,
y una casa que no se ha volver a pisar.

El vino calienta la garganta de un anciano con más letras que recuerdos. Y recuerdos guarda más de mil. Una guitarra acompaña el canto hondo, profundo, revelador de una historia que te estremece el corazón.

Tres hermanos eran,
tres hijos trajo Dios.
Tres hermanos mueran,
a los tres tenga Dios.
 
Enfermó el padre en casa.
Veinte años atrás,
la madre va en la caja.
Tres hermanos codiciosos
se reparten los despojos.
 
La casa es mía, grita el mayor.
Y el huerto mío, va el menor.
Y el resto pide el mediano,
mas con ello no se conformó.
 
Murió el bueno del hortelano
y a sus tres hijos dejó.
Tres hijos como bestias,
a cada cual más traidor.
 
Pensándolo mejor yo digo,
se acerca el mediano al menor,
que de los tres sobra el mayor
para un reparto mejor.
 
Y fue en la acequia grande
donde el cuerpo amaneció
teñido de sangre el pobre
y con dos golpes de hoz.
 
Lloráronle los traidores,
lloráronle los dos.
Y al volver a casa descubrieron
que era poca para dos.
 
La casa es mía, digo yo.
El huerto es mío, hermano menor.
Y sonaron golpes de hoz:
uno al otro en el cuello,
el otro al uno en el corazón.
 
La luna sale roja,
de sangre tiene color.
En la casa los hermanos
yacen heridos los dos.
 
Y al salir el sol por las montañas,
al salir el sol redentor,
llevan a dos en una caja
compartiendo habitación.
 
Esa casa huele a muerte;
ese huerto, mucho más.
Esa casa de envidia
nadie la puede pisar.

Se hace tarde. Mañana quieres acercarte al norte del valle, donde nace el río. Bebes lo que aún queda del vino y te retiras. Las guitarras siguen sonando en el frío de nocturno del valle. En tu mente da vueltas la historia de aquella casa y de los hermanos envidiosos que asesinaron y murieron por ella.

Tal vez explorarla no sea una buena idea, no conviene molestar a quienes reposan allí. Entras en casa y antes de cerrar la puerta, echas un vistazo al oscuro valle. Los reflejos de la luna sobre las aguas del río, y más allá se distingue un montículo, los restos de una casa vieja que no se han de volver a pisar.

Y al silencio reinante, sólo roto por el eco de la guitarra, susurras buenas noches. Y te marchas...

sábado, 10 de noviembre de 2012

Reescribiendo a Espronceda: La canción del pirata

 
 
Con diez cañones a babor
y otros tantos a estribor
como cuchillo no abre el vasto azul,
sino que sobre sus olas se eleva
un alado bajel pirata
temido aquí y allá
por su bravura en el ancho mar.
 
Platea en el mar la luna,
aúllan los vientos en la vela,
y capuza su casco el navío
en mar azul de blanca espuma.
Y el capitán al alzar su vista,
alegremente cantando,
ve dos continentes hermanos
y una ciudad de maravillas.
 
Surca el mar, mi navío,
sin temor alguno a enemigo,
que ni aquellos ni temporal
tu singladura pueden frenar
ni tu voluntad a amedrentar.
 
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad.
Mi ley la fuerza y el viento.
Mi única patria la mar.
 
 
Dos decenas de britanos
en las bodegas presos van,
y a mis pies ocho decenas más
de naciones se han rendido.
 
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad.
Mi ley la fuerza y el viento.
Mi única patria la mar.
 
Allá las ambiciosas coronas
envíen a sus vasallos a morir
por un par de acres, si no menos,
que cuanto yo quiero y poseo,
lo abarca mi vista al horizonte,
anárquico e indomable mar.
 
Costa no hay en esta tierra,
ni esplendoroso blasón o bandera,
que no de rienda a mi deseo
ni pecho a mi valor.
 
Al grito de terror
ante mi llegada aquí y allí,
se ha de ver cómo huyen
y aterrados se defienden,
pues soy un tirano de temer
cuando ataco con furia.
 
Cuando acaba la masacre
el botín se reparte
por igual entre los hombres,
que todo cuanto yo deseo
es la belleza del mar.
 
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad.
Mi ley la fuerza y el viento.
Mi única patria la mar.
 
Condenado a muerte estoy,
y rezo por la soga que siento al cuello
esperando que la fortuna no me deje y me abandone.
Y juro a mi ejecutor juzgar
y de un mástil colgar.
 
Mas si muero
¿qué importa?
Muerto yo nací
al mundo cuando, fiero,
contra el yugo me sacudí.
 
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad.
Mi ley la fuerza y el viento.
Mi única patria la mar.
 
Himnos son los aquilones,
bramidos y clamor
de los vientos que sacuden
cables y cordajes.
Y el rugido de mis cañones
es el sonido de Dios.
 
Y del trueno, el viento y olor
a mar, salitre y libertad,
yo hago una nana dulce
y me entrego a los brazos del mar.
 
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad.
Mi ley la fuerza y el viento.
Mi única patria la mar.


 

martes, 6 de noviembre de 2012

Jardines y patios de Andalucía

Jardines. Jardines y patios de Andalucía. Floridas estampas de una tierra verde y seca, blanca, bajo el sol ardiente de España.

Geranios y claveles compiten por conquistarte, por colorear la blancura de tus paredes. Frescos y blancos jardines y patios de Andalucía. Desde Huelva a Almería dais muestra de la delicadeza de las gentes de esta tierra bendita, y en los meses de estío sois reclamo de naturales y foráneos, que ven en vosotros el Paraíso mismo.

Ya los impresionantes cordobeses, sin que atrás queden los sevillanos, hacen réplica a los cármenes y a la sombra de los granados.
Fuentes de agua fresca y cristalina que arrullan con sus rumores el alma fatigada, y embriagan con los sonidos del agua los sentidos de quienes, cansados y hastiados, buscan la paz que les niega una tierra descontenta.

Ya suben al asalto las hiedras, que todo lo cubren y quiebran, y ocultan bajo el verde de sus hojas el blanco de nuestra bandera. La vida se expande bella en los jardines y patios balncos de Andalucía.

Y como cantara otrora un poeta que en esta tierra descansa, de celosías y manises, de fina mampostería, se decoran los jardines. Arte y cerámica de esta tierra grande, verde y blanca, donde reinan los desiertos junto a sierras nevadas, y donde los valles y deltas tienen las peñas quebradas.



En el Palacio de los Cordova (Granada),
17/7/12.